Un arquitecto táctil

 

Oiza, un arquitecto táctil

Estaba en tercero de carrera, perdido, cuando entré por libre en una clase de Oiza. Contaba con llaneza la casa que proyectaba para su familia: una escalera que se estrechaba según subías, la compresión del cuerpo antes de entrar al dormitorio, y luego la dilatación, la luz, la apertura. Por fin algo tangible. Por fin suelo bajo los pies.

Desde entonces no he podido dejar de pensar en lo que la arquitectura le hace al cuerpo. Y por contraste, en lo que cierta arquitectura le hace deliberadamente: aplastarlo. La arquitectura puede ser muchas cosas, pero en manos del poder se convierte en una sola: un instrumento para empequeñecer al hombre. La escala desproporcionada, verticales poderosas, el desnivel entre ellos y nosotros, la dimensión que intimida en lugar de acoger. No es torpeza ni azar. Es lenguaje. La arquitectura del poder lleva milenios diciéndonos, sin palabras, quién manda y quién obedece. Hay una escalinata delante de casi todos los edificios del poder, gruesas y altas columnas. Esculturas gigantes. El juzgado, el ministerio, el congreso, el banco, el palacio, la iglesia. No están ahí por accidente ni por razones técnicas. Están para que subas hacia ellos, para que llegues ya más pequeño de lo que eres.

Este artículo trata de ese lenguaje, y de un arquitecto que entendió que su oficio era exactamente lo contrario, acercar, humanizar, poner el mundo al alcance de la mano. Leer

Un milímetro, un metro

Todos los rostros tienen los mismos elementos: dos ojos, una nariz, una boca. Las mismas partes, en el mismo orden, en el mismo lugar. Y sin embargo, hay rostros que en un instante detienen y rostros que no. La diferencia no está en los ingredientes sino en las proporciones, en la distancia exacta entre una cosa y otra, en el tamaño relativo de cada parte dentro del conjunto. Un milímetro más aquí, una curva ligeramente distinta allá, y algo que era correcto se convierte en bello. O deja de serlo.

La arquitectura funciona con cierto paralelismo. Todas las casas tienen fachada, cubierta, huecos, acceso. El programa es siempre parecido. Lo que distingue una construcción de una obra bella es exactamente lo mismo que distingue un rostro de otro: las proporciones, la escala, la relación entre las partes. Esa geometría casi invisible que, cuando está bien, no se ve —solo se siente.

abril 2.026

Cuando una construcción llega a ser arquitectura

Con frecuencia, al proyectar una vivienda, el foco se pone principalmente en la distribución interior. Sin embargo, la arquitectura se enriquece cuando existe un diálogo equilibrado entre el diseño exterior, la organización interior y los espacios, formas, proporciones y atmósferas que van naciendo.

En muchos casos, conviene proyectar teniendo muy presentes la forma exterior, la volumetría, las proporciones, la escala de los espacios exteriores y la relación de la casa con su entorno. Algunas distribuciones, cuando se plantean de forma aislada, pueden dar lugar a espacios menos armónicos o a formas exteriores que pierden belleza y naturalidad.

Por eso, más que entender el proyecto rígidamente de dentro hacia fuera o de fuera hacia dentro, considero importante que ambas dimensiones se desarrollen de manera conjunta, buscando una arquitectura serena, proporcionada y coherente. Como dos voces que se escuchan. Una propone, la otra responde. Una avanza, la otra cede. A veces con dolor. Una replica, la otra entiende, sacrifica, acepta… Ese diálogo, a veces complejo y apasionante, es el que puede dar lugar a construcciones que merecen llamarse arquitectura.

En esa ecuación intervienen, además, otras voces esenciales: el cumplimiento de la normativa urbanística y técnica, la adaptación a la topografía del terreno, la armonía con el entorno, las vistas deseables, la orientación de la parcela, la posición del acceso, la luz —que da alma a la arquitectura—, el posible diálogo con las edificaciones próximas, el diseño estructural y constructivo, el interiorismo de los espacios o el ajardinamiento… Y, en no pocas ocasiones, también la presencia, difícilmente soslayable, del tiempo y del dinero. Todo ello hace que proyectar sea una tarea compleja, en la que, en algunas ocasiones, el autor puede llegar a sentir la paz de lo casi perfecto. Nada está bien hasta que todo está bien.

abril 2.026

 

Del entusiasmo del creador a la ocasional indiferencia del espectador

Hay algo desconcertante en el acto de crear: la intensidad con la que una obra puede ser vivida por quien la hace no guarda proporción con la respuesta que después despierta en quien la recibe. El creador ha pasado horas, días o años mirando, pensando, corrigiendo, dudando, afinando. Ha puesto atención en matices mínimos, ha sufrido decisiones, ha celebrado hallazgos, ha sentido incluso que algo valioso estaba ocurriendo. Y, sin embargo, la obra llega al otro sin ese proceso detrás. Llega sola, desnuda, silenciosa. El creador la habitó por dentro; el espectador la rodea por fuera, buscando una entrada que no siempre encuentra.

Hay algo del creador que se parece profundamente al enamorado. Ambos depositan tiempo, atención, esperanza y una parte íntima de sí mismos en algo que sienten valioso. Ambos leen matices mínimos, celebran pequeños signos, sostienen una ilusión. Y ambos conocen una de las experiencias más dolorosas: ofrecer intensidad y encontrar delante una mirada desapasionada. No necesariamente rechazo, ni crítica, ni desprecio. A veces algo más simple y más frío: indiferencia. Y eso duele de un modo particular, porque el creador no siente que se esté juzgando un objeto, sino la temperatura con la que él mismo ha vivido.

Y sin embargo, hay una ironía que el creador rara vez se permite mirar de frente: este texto mismo, mientras toma forma, está expuesto exactamente a eso que describe. Quien escribe sobre la indiferencia escribe desde la esperanza de no encontrarla. Hay en ese gesto algo del enamorado que conoce el riesgo y aun así entrega la carta.

Quizá por eso vale la pena preguntarse si esa distancia revela siempre un fracaso, o si a veces revela simplemente una verdad: el entusiasmo del creador pertenece al ámbito de la gestación; la mirada del espectador, al ámbito de la recepción. Son experiencias distintas. El primero conoce las renuncias, las dificultades vencidas, la alegría de haber encontrado una proporción, una frase, una luz. El segundo no tiene por qué saber nada de eso. Solo recibe lo que la obra es capaz de transmitir por sí misma. Y no siempre está disponible para recibirlo: puede estar distraído, saturado, cansado, o sencillamente llegar a ella con otra temperatura del alma.

El mundo no suele detenerse tanto. Mira deprisa. Consume deprisa. Olvida deprisa. En ese sentido, crear es también exponerse a una cierta intemperie: hacer algo con devoción y aceptar que quizá será recibido con tibieza, o con silencio, o —en los mejores momentos— con algo parecido al reconocimiento.

Eso no invalida el acto creador. Tal vez incluso lo purifica. Si se crea solo para obtener respuesta entusiasta, la indiferencia ajena puede resultar devastadora. Pero si se crea porque en el propio proceso hay una forma de búsqueda de la verdad, de plenitud, de necesidad interior, de si mismo, entonces la falta de eco duele menos, aunque siga doliendo. Hay obras que fueron recibidas con frialdad y solo más tarde encontraron mirada. Hay otras que jamás la encontraron. Y aun así, en su origen hubo alguien buscando con sinceridad una forma justa, una palabra precisa, una proporción capaz de rozar lo bello. Quizá eso ya tenga un valor en sí mismo.

Van Gogh asoma inevitablemente en esta idea —y uno lo nombra sabiendo que es un lugar común, pero también sabiendo que algunos lugares comunes lo son porque son exactos—. No solo por la incomprensión que sufrió, sino porque encarna de forma casi absoluta esa desproporción entre la llama interior y el frío con el que puede ser recibida. Pintar girasoles con fiebre y encontrar delante una mirada distraída. Arder en color y ser devuelto al silencio.

Pero también ocurre lo contrario. Hay obras que encuentran al espectador en el momento exacto, con la disposición exacta, y entonces algo se cierra entre los dos. El eco es inmediato, creador y espectador se confunden, se alimentan, se hacen uno. No son instantes corrientes, pero cuando ocurren justifican todo lo demás.

Cada proyecto es, en el fondo, esa misma apuesta: poner fervor en una forma y dejarla sola ante el mundo, a su intemperie o a su amparo. Una arquitectura que propone cobijo y busca amparo.

manuel monroy pagnon. Abril 2.026

Hacerse una casa hoy

Este otro es una articulo que escribí hace tiempo sobre hacerse una casa. Dejo aquí descargable un pdf del mismo.

Notas para el proyecto de una casa.pdf

 

Porche sin pilares, una ventana horizontal sin cristales al mundo.

El porche

El porche materializa el amparo más que definirlo.

Es una de esas formas arquitectónicas donde una necesidad humana muy antigua se vuelve espacio: no estar del todo fuera ni del todo dentro. El amparo no siempre es encerrarse. A veces consiste en eso: en quedar bajo algo, en el umbral, protegido pero aún abierto al mundo.

El porche hace precisamente eso. Interpone una medida de resguardo entre la intemperie y la casa. Detiene el sol, recoge la lluvia, templa la llegada, da un instante de pausa antes de entrar. No es solo una cubierta: es una forma de hospitalidad. Recibe sin exigir todavía la entrada completa.

Por eso tiene algo profundamente humano. Muchas veces no necesitamos un interior absoluto, sino un lugar intermedio: un borde habitable, una proximidad al refugio. El porche permite estar a salvo sin romper del todo la relación con el exterior. Escuchar la lluvia sin mojarse. Protegerse del sol sin dejar de sentir el aire. Ver la tarde sin quedar expuesto. Hablar con alguien en la puerta sin hacerlo pasar aún. En ese sentido, el porche no es solo protección física: es también delicadeza en la transición.

Y quizá ahí toca algo más hondo. El amparo verdadero no siempre elimina la intemperie; a veces simplemente la hace soportable. No niega el afuera, pero lo filtra. No suprime el mundo, pero nos da una medida justa de cobijo frente a él.

Podría decirse así: la casa protege; el porche acoge. La casa guarda; el porche recibe. La casa separa del exterior; el porche media con él.

La altura del porche le da el carácter. Me gusta sentir en ocasiones la cubierta cerca; extremo su cercanía incluso más allá de lo que dicta la norma. El amparo se hace mayor, el cobijo se vuelve físico, casi táctil. Algunas vigas rozan la cabeza. Y uno se siente protegido en plena intemperie, como un niño que huye de la altura impersonal de los espacios de adultos y busca el refugio cercano y proporcionado de su pequeña cabaña. La puerta de Imaginarium para los niños. El porche es como estar bajo las cercanas ramas de un árbol, como un brazo sobre nuestro hombro.

Porque el verdadero amparo no siempre consiste en apartarnos del mundo. A veces consiste en darnos una forma serena de estar en él.

abril 2.026

Observa en detalle el cambio de proporciones, altura y escala de cada uno de los tres porches, e imagínate la distinta sensación que produciría estar en cada uno de ellos. ¿En cuál crees que te sentirías más a gusto? Tal vez dependa. Pregúntate, ¿cuál me conviene más a mi? Eso es ser arquitecto de uno mismo.

Una decisión así también afecta a la habitabilidad de los espacios interiores del bajo cubierta, a su aprovechamiento, al parámetro de la ocupación urbanística que en ocasiones puede estar justa, a la altura general de la casa, a su costo o inversión, a su presencia. Proyectar es decidir, o esto o lo otro. Es establecer un orden de prioridades. Es renunciar y es preferir. Es dolor y es placer, o dicho en positivo solo, ¿qué me gusta más?

 

 

Aquella casa.

Íbamos por una carretera estrecha subiendo un pinar. Alguien me había hablado de su existencia, gracias. Apareció ella. Pequeña, bajita, de grandes porches, con una esquina redonda, sobresaliente, acristalada, en madera oscura, valiente. Su cumbrera tal vez a 3,30 m. Jabalcones, con una valla bajita, con piedra.

¿Qué arquitecto la concebiría?

Sola frente al mundo y sin embargo transparente, y sin embargo con porches amparadores esperando al desconocido que llega. Él entendió lo que es buscar refugio en una noche solitaria de viento, fría y oscura, noches sin un alma cerca y supo crear lo que hubiera querido encontrar.

¿Lo importante está arriba?

Si el lector reflexiona y busca dentro de sí lo que realmente ha sentido ante las llamadas grandes obras de arquitectura, apuesto a que fue la sensación de pequeñez. Las colosales dimensiones de las pirámides, las gigantes estatuas de los templos egipcios, las enormes columnas de San Pedro del Vaticano, las altísimas torres de Manhattan, el Burj Khalifa, Versalles, El Escorial, tantas obras de arquitectos estrella como Calatrava, Foster, Gehry, Zaha Hadid… las largas escalinatas de tantos edificios que nos hacen sentir que lo importante está arriba. Sí lo importante está donde nosotros no estamos, nosotros no somos lo importante.

El ego ha sido el motor de buena parte de la arquitectura que en los libros y viajes, ahora podemos ver. Ego de los poderosos, de la Iglesia, del poder económico y político, de los adinerados de cada época, ejercido siempre a través de un arquitecto estrella. Muchas de las obras que se admiran nacieron del deseo de dejar huella, de imponerse al tiempo y a los demás, de mostrar más fe, más riqueza, más autoridad, más poder, de mirar por encima del hombro a los que ahora, quizás irónicamente, los admiran sin darse cuenta de que esa mal llamada arquitectura, prepotente y soberbia, los hace de menos.

Y sí, lo importante en ocasiones está arriba — Padre nuestro que estás en los cielos—, pero el que se hizo hombre, el que se puso mas abajo de nuestro nivel, el que se agachó a lavar los pies, el que quiso ser bautizado, el que se dejó humillar y maltratar, vino a servir y no a ser servido. Los importantes para él éramos y somos nosotros.

6 de mayo 2.026

manuel monroy pagnon, arquitecto.

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