Relatos

Asisto desde hace mas de un año a un taller de escritura creativa dirigido por Victor Claudín en la Libreria de Herminio en Collado Mediano, Madrid. He ido realizando relatos desde 2018. Aquí os los dejo.

Cita en El Escorial

Alegra me cuenta que tiene un amigo con un piso en una buena calle de Madrid. El tiene unos 68 años. Conserva su piso como cuando vivian sus padres. Todos los vecinos modernizaron sus casas, él, sin embargo, mantiene las paredes algo oscuras con la misma pintura que entonces. Los muebles de aquella epoca. La televisión antigua. Entrar allí supone regresar a hace 30 o 40 años. Duerme en el dormitorio que tenia cuando vivia con ellos. El dormitorio principal intacto y sin usar.
Me hace pensar en la capacidad que tienen los espacios de contener recuerdos y la firme voluntad de esta persona de envolverse en los ambientes que vivió hace mucho tiempo.

Esta mañana de sábado me vine a El Escorial tambien buscando vivirla en este lugar que me trae recuerdos de hace cuatro o cinco años. Es esto nostalgia? ¿Una forma de evitar el duelo sumergiéndose en un espacio y tiempo pasado? Cualquier tiempo pasado fue mejor? Buscando en el baúl de los recuerdos?

Levanto la mirada, dos policias pasan ante mi, coches circulando despacio, un motorista con mochila, una chica estornudando, un hombre con dos perros, alguien de oscuro con sombrero claro de ala corta…Presto atención a Supertramp, llevo escuchando la misma canción hace media hora.

La levanto otra vez. Una mujer delgada, de vestido negro, rostro serio algo demacrado, labios pintados de rojo, sombrero de paja de mucho vuelo, su mano sobre la cincha del bolso de cuero que cuelga de su hombro derecho, desaparece de mi vista para siempre. Yo nunca existí para ella. Tengo ganas de conocer a alguien.
Estaré sentado con sombrero blanco el sábado 6 próximo a las 12:30 en El Alaska. El Escorial.

El Escorial, 30 de julio de 2022. 13:15 horas.

Microrelato. Una buena noche en la ciudad

Antonio se enamoró de su antigua ayudante de locución. El tenía 53 años. Ella 50. Él estaba casado. Ella, separada. Ella marchó a Argentina. El permaneció en España. Volvió fugaz un 24 de diciembre a Barcelona. Mientras que las casas estaban presididas por mesas repletas a punto de desordenarse, ellos vagaban felices por la ciudad iluminada y desierta en su viejo Volvo acompañados de emoción embotellada de vino. Aquella sensación de desapego del mundo, de sus fiestas y fastos por decreto, fue uno de sus muchos cómplices recuerdos. Antonio murió de infarto la siguiente noche buena. Ella se casó.

Morir juntos

 Leonid salió del casino con un millón más que cuando entró.

Giró su cabeza a la izquierda, se acercó al borde de la acera y levantó el brazo. El taxi se detuvo a su lado. Armyanskiy Lane, 33, pronunció.

Sentía emoción y procuraba controlarla respirando profundamente. Todo había cambiado. Iba asimilando lentamente su golpe de suerte. Aquellos últimos cinco meses les habían agotado. Día a día, mes a mes, se habían ido sintiendo cada vez más oprimidos, más al borde, más a limite. Aquella noche había tomado la decisión de jugarse sus últimos recursos, alimentado por una extraña intuición que tantas veces le había fallado. Perder hubiera significado el final, ya no había más opciones, más prestamos, más tiempo.

Llovía cuando cerró la puerta y rodeó el parque. No apresuró el paso. Quiso sentir el agua caer sobre su cabeza y resbalar por sus mejillas. Quiso que la brisa refrescara su rostro empapado, que el olor a tierra mojada le hicieran vivir el presente por fin.

Allí donde miraba, todo le parecía bello, natural, como tenía que ser. Una chinita tras el mostrador de una tienda, un banco con una pareja abrazada, un autobús deteniéndose y abriendo sus puertas. Quiso por un instante que su casa estuviera más lejos, seguir disfrutando de aquella sensación de llenura, de placer, de bienestar, de que todo por fin había terminado y comenzaba otra vida. Ella le vino a su mente. Aceleró el paso. ¿Cómo no correr vertiginoso a compartirlo? Empezó a imaginar cómo se lo diría, lo que sentiría al ver cambiar su rostro amado asimilando en sus entrañas que ya pasó todo, que la vida entraba de nuevo en esa casa. Ansió contemplar cómo se transformaría su expresión ajada de los últimos meses por una sonrisa, por la emoción de poder por fin respirar, de empezar a olvidar el dolor que precede a la desesperación.

Leonid abrió la puerta. Olió el gas. Corrió al salón. Ella estaba tendida en el sofá. Su cuerpo inerte le atravesó el corazón. Su alma congelada comprendió con espantoso fulgor que Fedora no había aguantado más.

Se sentó a su lado y la abrazó. Su cuerpo volvió a experimentar de nuevo las mil indescriptibles sensaciones que lo recorrían cuando comenzaba a hacerla el amor.

Lo último que sintió fue unas lágrimas cálidas saliendo de sus ojos.

Manuel Monroy, febrero de 2020

Bocetos de personas

Antonio media uno ochenta. Ojos verdes, mentón triangular, rostro afilado, estudió para mecánico de vuelo. De joven vivió en un barrio acomodado de Madrid y estudio en un colegio privado. Era una máquina de ligar. Le recuerdo llorando un día porque su padre esperaba algo más de el que fuera mecánico de aviones. Se casó y se divorció. La segunda vez se emparejó. Una noche saliendo los cuatro, me sorprendió ver como su mujer lo humillaba ante nosotros. Yo salí en su defensa con una jocosidad entrecortada y barrunté el calvario que podría significar su matrimonio en la intimidad. Tenía una emocionalidad difícil y una sexualidad algo descontrola y después de años de sutiles tratamientos farmacológicos mantenía un cierto equilibrio vital. Me enseño mucho de farmacopea.
Por las noches tomaba un neuroléptico para dormir que no le dejaba huella al despertar, creo que risperidona, y se administraba a su manera un antidepresivo, rompiendo todas las normas, dos veces a la semana. Así mantenía a ralla una libido algo desbordada sin aniquilarla.

Era ateo empedernido.

El primer recuerdo que tengo de Ricardo es de alguien serio. Más alto que la media, le gustaba el tenis, la bicicleta e irse de cañas.

De rostro alargado y ojos claros, era de risa fácil y sonrisa simpática. La suya me recordaba a la de Anthony Quinn. En sus mejillas, se dibujaban entonces dos grandes surcos que eran como un abrazo a la humanidad. Habilidoso socialmente, nos reíamos mucho cuando quedábamos hasta que nos cansábamos de superficialidades y nos poníamos a pensar. Entonces discutíamos. El de forma muy agresiva. Era de moral muy elástica, excesiva e incomprensible para mi.

Meticuloso, tuvo un gesto de generosidad hacia mi como pocos recuerdo, y cuando tiempo después se lo recordé agradecido, el no reconocía haberlo tenido. Desconcertante.

 

Elsa tenía 50 años. Mujer de curvas y grandes senos, confesaba sin pudor que la encantaba mostrarlos a través de un generoso escote.

Trabajaba despachando clientes en una estación de autobuses.

La gustaba que la preguntasen. Casada, insatisfecha con un marido que se venía rápido buscaba relaciones que la compensaran. Aquella tarde de sábado en la que hablamos, había quedado con un amigo para bailar y acostarse. Su marido estaba de viaje. Su amante la pidió que llevara un vestido sin más. Sin mas debajo.

Para saldar una deuda del marido, hizo un trio con el jefe de el y su sobrino. Le gustó, pero no repitió pese a que se lo pidieron. El marido nunca supo que la deuda fue pagada de esa manera.

La primera impresión de Andrea fue que era educada. Y lo fue. Mujer de pocos juicios, y puntuales broches de humor. De mediana edad, decía encontrarse bien y tranquila. Tuvo una relación que acabó. La gustaba charlar. Era maestra de redacción. La gustaba viajar, el cine, el teatro, la música, pasear...
Me citó a Umberto Eco. Llamaba a las cosas por su nombre. Era respetuosa.

 

Gilian era un torbellino y cuando hablaba me aceleraba el corazón. Mezclaba los asuntos y pasaba de uno a otro de forma desconcertante. Amable, de mentón puntiagudo, tenía un ingenio natural difícil de encontrar.
Curvilínea, ojos pardos, pelo teñido, podía pasar de un estado de ánimo a otro en un instante. Mientras que algunas las cazaba al vuelo, otras pasaban años sin cogerlas.

Manuel 2019

Un breve paseo

Andrés caminaba por las calles taciturno. En su cabeza le rondaban varios pensamientos entrecruzados. Los semáforos se encendían dispares, las luces tintineaban, los escaparates eran chorros de luz, los neones le sorprendían con sus destellos. Interrumpía sus pasos en los cruces con ansiedad, deseando pasear y pasear. Huía de la soledad de su cuarto, cansado de mirar los mensajes, las noticias, los correos, las ausencias de tantos saludos que añoraba, aunque fueran breves palabras. Las fiestas habían invadido la ciudad, y su vacío se había hecho a medida de ellas. Atrás quedaban los brindis, las citas, las juergas, las borracheras, los dolores de cabeza... Su vida ordenada de ahora deseaba un enamoramiento, aunque fuera fugaz.
Se detuvo a en encender un cigarro. Al poco ella le pidió fuego.
-Somos de los pocos que quedan - se aventuró a decirla
-Si, con los cigarrillos electrónicos, ya pocos echamos humo de verdad, -comento ella
-A veces parecemos como apestados –añadió él.
La conversación no duró mas, y deseo que se hubiera prolongado. Le hubiera gustado saber de ella, de donde es, de donde viene, si está casada, si se siente sola, si añora salir a tomar un café y charlar sobre lo que ha hecho en el día, o sobre como pasará estas fiestas. Todo su deseo se quedó en apenas un breve intercambio de frases, y una añoranza de conversar, de pedirle el teléfono, de escribirse a últimas horas de la noche.
Continuó su paseo, por una calle cuesta arriba, que ciertamente le costaba remontar. Esta vez los recordatorios de las cajetillas de cáncer, fumar mata, el humo contiene más de 70 sustancias cancerígenas se le venían a la cabeza, eran la tortura placentera de fumar. Esta vez un joven apresurado le volvió a pedir fuego. Le entregó el mechero. El chico se lo encendió y salió rápido.
Vio una tienda de manicura abierta. Entró en ella. Preguntó si podían atenderle. Tuvo suerte. La conversación fue cordial. La chica simpática. Volvió a su cuarto mejor.

Manuel Monroy 2019

Cinco maletines

Eran las 8 de la mañana. El Sr. Muller tenía sobre la cama de la habitación 103 del Hotel Ritz, cinco maletines. Por última vez los abrió y repasó su contenido.

La cerradura central mate sonó opaca al abrir el maletín negro de cuero. Una carpeta trasparente estaba en primer lugar, y un borrador de escritura de compraventa en su interior, sobresaliendo por los bordes. En la tapa, diversas plumas y bolígrafos todos distanciados a la perfección, un cuaderno de notas DinA5, una calculadora y una Tablet. El interior estaba forrado de piel natural, bien cosido, de color camel.

El maletín azul añil contenía dos estuches, cada uno con una pistola de 9 mm, un silenciador, junto con una carga de balas de ese calibre y material de limpieza. Además, había una toalla grande, 3 imperdibles, una boina, gafas de sol, un bigote, una barba postiza y una gabardina beige.

En el marrón había una carta sin remitente ni destinatario. Y una flor blanca envuelta en celofán.

En el rojo se encontraban cientos de cartas de amor, ordenadas por fechas, un portarretratos, unos guantes, un pañuelo.

Al abrir el blanco, aparecían dos pasajes de avión, distintos folletos turísticos, todos emplazados en la costa marsellesa. Un fajo con 20.000 euros en billetes de 500 y 50, una chequera, dos tarjetas de crédito Visa oro y Mastercard, una colonia, un perfume, unas llaves y dos móviles a estrenar.

A las ocho treinta Muller llamó al servicio de habitaciones para que le enviaran un botones y un chofer. Llevaron al parking sus 5 maletines y dos maletas a su cuatro por cuatro.

No pudo disimular mirar al joven dependiente cuando empujaba tan variopinto equipaje, pero ninguna sonrisa burlona se transparentaba de su jovial rostro. Sus pensamientos se fueron a otra cosa.

-Núñez de Balboa 56-, indicó al subirse al coche.
En la notaria lo hicieron pasar pasar rápidamente a una sala de reuniones, maletín negro en mano. Los compradores estaban esperando. Enseguida, el notario saludó y se sentó. Leyó veloz el documento, preguntó si todo estaba correcto, todos asintieron, y firmaron. 2.400.000 euros. La firma del fedatario fue larga y rimbombante. Muller asistió con paciencia. Todo listo.

El chofer lo esperaba apoyado en el capó.
-Lléveme a La Plaza de Cuzco, cójase el paraguas, allí bájese, espere hasta que yo vuelva. Tardaré cincuenta minutos.

Muller condujo hasta el Paseo de la Florida. Dentro del parking público, abrió el maletín azul, se puso la boina, la barba y el bigote, las gafas de sol, envolvió su torso en la gruesa toalla y se enfundó la gabardina. Cargó la pistola y se la colocó en la espalda. Miró el reloj. Esperó 7 minutos. Salió a la calle Ferraz, al 15, 3A, José Angel Muñiz. Psicólogo. llamó.
-Soy Felipe Sanchez, teníamos una primera cita.
Se abrió el portal. Un hombre gordito y sonriente le hizo pasar y cerró la puerta. -Pasemos a mi consulta- le dijo. Tras cerrar la puerta del despacho, Muller, se quitó las gafas, cogió su pistola y le disparó 2 tiros al corazón.

El chofer esperaba sobre el capó de una berlina.
-Vamos por favor a la calle Gutiérrez Solana 1, en el Viso.
Muller abrió el maletín marrón, cogió la carta y la flor envuelta. Tocó el timbre. Su mujer le abrió.
-¡Frank! ¿Dónde pasaste la noche?
-Te dejo. Aquí encontraras todas las respuestas. Te he querido todo lo que me has dejado. Me voy. Este cheque es para ti.

Despidió al chofer con 100€ de propina y se dirigió a La calle de Garcia Llamas 2 en Vallecas.
Al llegar, abrió el maletín blanco, cogió el móvil nuevo.
-Estoy

Manuel Monroy 19

Agua de la fuente

 

Calurosa tarde de agosto con un nivel alto de desidia. Setien sale a dar un paseo con una amiga. LLeva un día de incompresión y por el momento no parece que vaya a mejorar. En cierta forma necesita algo de armonia entre lo que el percibe de si mismo y lo que otras personas ven. Sopla algo de brisa entre los arboles, la paz sería total si no se escuchase a un niño llorar. Por suerte su caminar los aleja de él.

Tenia confianza suficiente para reprochar a su amiga la discordancia de concepto de la palabra ausente. Los árboles amortiguaban la conversación. Su amiga le escuchaba pero dejaba escapar el reproche en el viento. Setien tiende a volcar sus sentimientos y apreciaciones como responsabilidad de otros. -Me has contestado?, has tardado en responder, no me entiendes, no me prestas atención y un largo etcetera de frases similares- . El busca sentirse uno con alguien y cada desviación de esto es un dolor profundo en su alma. Su amiga le intenta hacer ver que debe sentirse uno consigo mismo, que los demás le pueden complementar, acompañar en el camino, pero no ser el motor que le haga recorrer el camino de su vida. Desea que estar con alguien sea como dos ruedas dentadas de un reloj en los que a cada giro del engranaje, los valles y las colinas de ambos trabajan al unisono. No es consciente que hasta la mejor maquinaria suiza necesita de vez en cuando una gota de aceite, un pequeño ajuste, un repaso del maestro relojero, sin que ello signifique que está estropeado. Que este aceite es el manojo de virtudes como la paciencia, la templaza, la serenidad...

Tras momentos tensos para él, su amiga, hace que se sienta reconfortado y su ásperos sentimientos del comienzo, donde incluso aparecían deseos de no seguir vivo, desembocan en sensaciones agradables y entre las que comprende que las palabras iniciales de una conversación son solo el comienzo para saber donde está el otro ser humano.

Setien no comprende que caminar relajadamente entre los gigantescos pinos ha desbloqueado su estado de ánimo inicial, está acostumbrado a hacerlo depender de otras personas y así, no sentirse responsable de los resultados de sus acciones.

Uno de agosto de 2022